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Sin ánimo de ser pesimista, hay que decirles que una nueva Constitución no garantizará nada de lo anterior. Tampoco se fijarán en la Carta Magna mejores sueldos o la eliminación de todas las deudas. Si sabemos que la crisis de fines de 2019 tuvo que ver con un deterioro del bienestar material de los chilenos, la pregunta obvia es: ¿por qué se impuso la nueva Constitución como la única salida? Básicamente, porque una parte de la élite política, en vez de buscar soluciones reales y urgentes a esa crisis de bienestar, vislumbró una oportunidad para hacer otra cosa: imponer la agenda política derrotada en 2017.

Muchas personas que hoy se inclinan por Aprobar en el plebiscito del 25 de octubre, anhelan que una nueva Carta Fundamental resuelva demandas tan sentidas como las malas pensiones, el acceso a prestaciones de salud oportunas, la calidad de la educación de sus hijos, entre otras.

Sin ánimo de ser pesimista, hay que decirles que una nueva Constitución no garantizará nada de lo anterior. Tampoco se fijarán en la Carta Magna mejores sueldos o la eliminación de todas las deudas. Si sabemos que la crisis de fines de 2019 tuvo que ver con un deterioro del bienestar material de los chilenos, la pregunta obvia es: ¿por qué se impuso la nueva Constitución como la única salida? Básicamente, porque una parte de la élite política, en vez de buscar soluciones reales y urgentes a esa crisis de bienestar, vislumbró una oportunidad para hacer otra cosa: imponer la agenda política derrotada en 2017.

Cuando los chilenos se den cuenta de que la nueva Constitución no traerá ninguna de las soluciones anheladas para sus problemas, el desengaño, malestar y frustración volverán como un búmeran, pero esta vez dirigido hacia quienes ofrecieron el cambio constitucional como la panacea de todos los problemas políticos y sociales.

No olvidemos que el programa de Alejandro Guillier, que ofrecía una nueva Constitución, perdió por amplio margen en la segunda vuelta. Pese a ello, ofrecieron sacrificar la Constitución actual como la solución a todos los males que fueron incapaces de subsanar durante sus gobiernos.

La violencia descontrolada de octubre, la misma que hizo tambalear a la propia democracia, llevó a que el oportunismo se impusiera a las convicciones democráticas. La primera línea, las denominadas barras bravas, grupos antisistema y otros que quemaron el metro y destruyeron supermercados e infraestructura pública, le hicieron la pega a una élite de izquierda que no logró ganar en las urnas. La primera línea le permitió a ese sector torcer el mandato democrático, presentando la asamblea constituyente como la gran solución. Como siempre, nadie sabe para quien trabaja.

Soñar no cuesta nada. El problema es que no solo una eventual nueva Constitución estará marcada por esa “ilegitimidad de origen” (la violencia), sino que también por la falsa promesa a la ciudadanía de que esta solucionará todos los problemas de la crisis de bienestar real: endeudamiento, abusos, pensiones, salud y educación de mala calidad.

En ninguna parte del mundo un camino así ha funcionado. En Ecuador, Bolivia y en especial en Venezuela, donde Chávez prometió el cielo y la tierra con la Asamblea Constituyente, los resultados fueron catastróficos.

Cuando los chilenos se den cuenta de que la nueva Constitución no traerá ninguna de las soluciones anheladas para sus problemas, el desengaño, malestar y frustración volverán como un búmeran, pero esta vez dirigido hacia quienes ofrecieron el cambio constitucional como la panacea de todos los problemas políticos y sociales.

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